martes, 17 de mayo de 2022

3.

 No te vi llegar, ha de ser porque tenía mis ojos vendados por tus manos diminutas y que vuelan como gaviotas en mi espalda. 


Llegaste despacio, como los minutos previos al amanecer, igual que los primeros rayos de sol. Esos mismos rayos de sol que te invaden por las cortinas de tu cuarto y que abren tus verdes ventanas.

Yo no lo noté hasta que el calor era abrasador, hasta que sentí el ardor en mi piel de colores y me dejé abrazar por tu calidez.

No te oí llegar, porque tus pasos son sigilosos y se arrastran llenos de gracia, inspirados en voces rasposas.

Te movías etérea pero con la fuerza de un remolino, en cada paso demostrando tu entereza e invadiendo mi pecho con vaporosa seguridad. 

Tus voz quieta y suave me hipnotizó con cada verso que recitaba y caí en el embrujo de terciopelo de tus palabras. 

Me dejé llevar con tus dulces modos y me enamoré de la realidad de la vida a través de tus cristales. 

Sentí tu piel cuando estalló con la mía, cuando ya era tarde y en tu cama nuestros brazos era enredadera que nos hacía aferrarnos hasta perdernos siendo bosque. 

Tus pies llenos de magia se entrelazaron con los míos tan pegados al suelo. Fuimos una hoguera alimentada por caricias y gemidos que quebraron el silencio de la noche. 

Nos dejamos ir, como ladrones en la oscuridad, como el mar que se escapa de la arena al bajar la marea.

Con ese sabor a sal que se volvió aguacero en mis ojos y que quemaba las mejillas.
Con tantas palabras por decir enmudecidas por la razón y un cajón lleno caricias deseando escapar de mis dedos.

Seguros de que lo que hacíamos es lo correcto pero con el sinsabor que dejan los te quiero que se estallan en muros llenos de lamentos, que chocan contra armaduras oxidadas, que se pierden en blancos silencios que gritan oscuros deseos. 

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