Te recuerdo entre mis notas, en la tinta que se desliza en mis dedos y que manchan la historia que trato de escribir y a la que no consigo quitarle los dos puntos que le sobran para llegar al final.
Tus sonrisas furtivas que se escapan debajo de ese velo de acero que retienen tus emociones, son luz que ilumina la noche que se convirtió en mis días desde que aquel beso selló nuestro adiós.
Suenan en mi cabeza las canciones del deseo, que construimos con memorias y palabras que no podíamos decir, cómo si necesitáramos la voz de otros para hacernos sentir, como si no fuéramos verbo.
En mi boca queda el sabor de tus besos, que no puedo limpiar con otros besos ni con las largas noches de insomnio que me provocan las copas y el mar de gente donde busco tu cara sin encontrarte.
Y en mi piel, el calor de tu piel. La blancura de tu espalda manchada por las miles de estrellas de tus lunares, tus manos aferradas a mis dedos, tus pechos de miel y almendra aplastado contra mi corazón, roto y desangrado.
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